MISIÓN MALVINAS - BANDA DE HERMANOS

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    La Penélope - Feuerland

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    Pancho Elizalde
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    La Penélope - Feuerland

    Mensaje por Pancho Elizalde el Dom Jun 24, 2012 2:45 am

    Esto me lo envió el CF VGM Ricardo Verón, quien compartió parte de su estancia en Malvinas con nosotros en el Río Carcarañá y en Fox.

    La memoria, de tanto en tanto, nos permite por ese asombroso mecanismo de la asociación de fechas, lugares, aromas, vivencias pasadas y tantas otras ocurrencias, extraer las nostalgias y los recuerdos pormenorizados que atesoramos con tanto cuidado y orgullo, por haber sido, quizás testigos y protagonistas a la vez.

    Un 18 de mayo de 1982, surgió la imperiosa necesidad de conseguir provisiones para todo el personal que había abandonado su buque, y comenzaba a sobrevivir en tierra con serias restricciones y limitaciones de infraestructura, abrigo y víveres.

    A alguien se le ocurrió la idea de volver al carguero que habíamos dejado, aún a flote, y “hacernos” de todo lo que allí había quedado y pudiera ser útil; pedimos voluntarios y al día siguiente, un poco mas tarde de lo previsto, por una alerta de ataque aéreo sobre nuestras posiciones en Bahía Zorro; partimos a cumplir aquella empresa que parecía sencilla y sin mayores inconvenientes a pesar de todo.

    Zarpamos de Bahía Zorro (Fox Bay) a media mañana, en aquellos dieciséis metros de eslora, cuatro de manga, un solo casillaje, un precario alojamiento en proa, y la calefacción con una salamandra a carbón de piedra, todo construido en madera, como si fuésemos marineros del siglo pasado , o mejor dicho de 1926 , año de construcción del pequeño navío.


    Nos dispusimos a realizar la navegación para el cruce del estrecho San Carlos, desde el sur de Gran Malvina hasta el norte de Isla Águila ,a la velocidad máxima de cuatro nudos, en aquel entrañable buque, que descubríamos luego de la guerra, había sido construido en Alemania por el explorador de la Patagonia Gunther Pluschow, héroe alemán de la primera guerra mundial , y comprado en 1929 para servicio ínter islas, en Malvinas .

    Este pequeño barco de madera había sido en su juventud, el mensajero portador de las cartas, pequeñas cargas y encomiendas que se distribuían en los puestos y asentamientos ovejeros de las islas, y aun seguía resistiendo el paso del tiempo, con esa estampa que lucen aquellos barcos se resisten al olvido.

    Ahora se habían cambiado sus funciones y pertenecía orgullosamente al Apostadero Naval Malvinas, con misiones de apoyo logístico, en plena guerra.
    Cuando había transcurrido la mitad del tiempo previsto para arribar a nuestro destino el “Río Carcarañá”, comenzaron a desmejorar las condiciones meteorológicas; se incrementaba la altura de las olas y aumentaba ostensiblemente el viento frío, y con todo ello acrecentando crecía además nuestra ansiedad por llegar.

    Pero, de todas maneras nos alegramos porque esa condición meteorológica nos protegía de las operaciones aéreas del enemigo. Y aquel “barquito” era muy marinero así que no nos preocupaba mucho el mar ya bastante “picado”, y ese viento con raíces patagónicas , que algunos ya conocíamos..

    Llegamos a ultima hora de la tarde, ya oscureciendo, al fondeadero donde había quedado aquel enorme carguero que no era otro que “el Carcarañá”, bastante dañado en su casillaje por los cañones de los aviones “Sea Harrier”, y una entrada de agua de mar por la línea de ejes, por efecto de un par de bombas que cayeron en el agua, afortunadamente.

    La maniobra de acercarnos por sotavento fue bastante trabajosa. El comandante repitió el acercamiento en varias oportunidades hasta que pudimos pasar unas amarras y subir por la escala de gato que aun estaba desplegada por la borda, por cierto bastante alta alrededor de 10/12 metros.

    Pero el mar que a esa hora se había puesto peor, nos exigía estar cada vez mas alertas, y provocaba insistentemente que se golpeara contra el costado, con peligro de alguna avería en la madera del viejo casco del “Penélope”, o peor aun, en ese movimiento casi continuo y sorpresivo, podíamos perder pie algunos de los “cuatreros del mar” con consecuencias no deseadas.
    .
    Aquel carguero gigante de mas de 10.000 toneladas y 150 metros de eslora, estaba a oscuras, fondeado en el medio de la Bahía Puerto Rey (King), sin propulsión, sin carga en sus bodegas y con un entrada de agua de mar por la línea de ejes, sin energía eléctrica, prácticamente agonizando, nadie sabia hasta cuando.

    Una vez abordo, la primera inspección la realizamos en la sala de maquinas y comprobamos que ya el agua de mar estaba a la altura de las chazas ( piso metálico destacable , del cuarto de maquinas), y continuaba inundándolo muy lentamente, sin posibilidad de ensayar reparación alguna, comprobando en ese momento, la decisión correcta de abandonarlo luego del ataque.

    Así fue que tratamos de apurar la búsqueda de materiales necesarios, distribuyéndonos los sectores del buque para luego ir acopiándolos en cubierta y descargarlos, al pequeño bajel de madera; que nos aguardaba estoico con su movimiento como en esos cuentos de faros y tormentas.

    Teníamos tiempo de acceder al resto del buque, que además conocíamos bastante bien, y recoger los elementos que necesitábamos, pero debíamos hacerlo rápidamente, tratando de no olvidar, ninguna de las provisiones que tanto hacían falta, a nuestra gente en tierra en tierra.

    Al mismo tiempo no dejábamos de estar pendientes del clima, frío, viento y una llovizna persistente que nos recordaba que estábamos en Malvinas, sin olvidar esta irrupción en nuestro buque; que corría peligro de ser hundido en cualquier momento por las fuerzas inglesas, quienes por otra, parte luego de los ataques aéreos, conocían con todo detalle la posición del buque.

    Mojados , cansados y con mucho frío, fuimos arrojando desde la borda a la cubierta de madera al grito de “ guarda abajo”, cajas de carne congelada , mantas, algo de ropa que había quedado en los camarotes, herramientas que nos servirían mas tarde para reparar alguna barraca, y víveres secos.




    Continuaba el mal tiempo y nuestro “Penélope” seguía golpeando por efecto del mar sobre la borda del “Río Carcarañá”, así que debíamos zarpar lo antes posible para evitar daños mayores y buscar abrigo sobre la costa.
    Así lo decidió el comandante y nos dirigimos con la preciosa carga hasta el interior de la Bahía de Puerto Rey, tratando de buscar menores profundidades y reparo al intenso viento, imaginando, con cierta certeza, que nos resultaría difícil volver a nuestro asiento natural esa noche, y quizás hasta en el día siguiente, si el clima desmejoraba aun mas en aquellas latitudes.
    Diría luego el comandante sic ” aquí el clima siempre puede estar peor”.

    Fondeamos en plena oscuridad, luego de una pequeña travesía hacia el interior de la Bahía, de aproximadamente una hora, que pareció eterna, enterándonos al día siguiente cuando apenas amaneció, que el lugar elegido para fondear estaba a unos pocos metros de rocas y algas marinas, y de haber seguido navegando buscando mas reparo, hubiere resultado extremadamente dificultoso o hasta imposible, levar anclas para emprender el regreso.

    Cuando nos ubicamos en el alojamiento de proa la salamandra ya estaba encendida, necesitábamos secar las únicas ropas que teníamos y superar así el frío que nos calaba hasta los huesos. Volvimos templar el cuerpo, y comenzaron las charlas de la familia, las comidas preferidas, y las anécdotas que habían surgido de aquella recorrida de “rapiña premeditada”, y los amigos en común, hasta que nos fue alcanzando el sueño, luego de probar el pan “casero” salido del improvisado horno de la cocina ; y un par de embutidos y hasta el postre, con los dos potes de helado “expropiados” de la frigorífica del “Río Carcarañá” por alguno de los presentes, cuya identidad nos reservamos a pesar del tiempo transcurrido, y no ha sido registrado en informe alguno.

    “Fingimos” que descansábamos luego de la aquella tarea que no tenia orden de operaciones, ni disparos al enemigo, ni defensa alguna si recibíamos un ataque, pero habíamos cumplido el primer objetivo. En realidad dormíamos con un sueño muy liviano, y cuando el insomnio se hacia evidente apelábamos a un cigarrillo, con las protestas de los no fumadores.

    Se había producido el ataque al buque de transporte “Isla de los Estados” un poco mas al este en el estrecho “San Carlos” ( a la altura de Puerto Yapeyú) hacia ya unos días, así que era evidente en todos nosotros, el temor de encontrarnos con algún buque o helicóptero ingles, teniendo siempre presente que la única defensa armada eran nuestras armas de mano y nada mas.

    En todas las historias de un buque en el mar resulta inevitable, y me atrevo a afirmar que forma parte del pensamiento y el sentimiento de todos los marinos, que aquel ha dejado de ser un objeto inanimado, construido para una determinada función; y se ha transformado en un camarada que nos da su abrigo y protección cuando mas la necesitamos. Pasa a formar parte del equipo de aventuras, y es nuestro primer dispositivo de supervivencia, cuando nos encontramos en la situación de aquella noche.
    La conclusión justa e ineludible es con toda seguridad la frase, ” gracias Penélope por habernos cobijado y dejarnos ser parte de tu larga historia”.

    Por la mañana del día siguiente emprendimos el regreso, con el clima un poco mejor, pero con los mismos temores, de encontrarnos en la parte mas ancha del “San Carlos alguna sorpresa preparada por el enemigo.

    A veces entre el manojo apretado de nubes por detrás de algún risco, aparecían algunos rayos de sol, que presagiaban un mejoramiento del clima. Y en la ansiedad por llegar lo antes posible, se iba instalando en nuestro ánimo aunque la máxima velocidad del “Penélope” seguía siendo solo cuatro nudos, tal como a la ida .

    Este pequeño gran navío fue el vehículo que guardo en su interior siempre, la pasión de su constructor por la aventura, el peligro y la búsqueda de aquello poco conocido y remoto. Nosotros sentíamos en aquel momento la sensación de la tarea cumplida, y descubriríamos con el tiempo, que mas tarde continuaría su vocación n por la aventura, tripulado por un grupo de argentinos, con un espíritu como el de Gunther Pluschow.

    Arribamos sin mayores dificultades a “Bahía Zorro”, y cuando entramos nos pareció que el “Feurland” (nombre original que el dio su constructor que significaba Tierra del Fuego) era mas grande, mas importante y mas marinero que nunca; en especial para aquellos que por primera vez navegábamos en él.

    Llamaron a los tripulantes del “Carcarañá” para desembarcar la valiosa carga, que nos permitiría contar con elementos de abrigo y algunos víveres mas; y se logro por otra parte, atenuar la ansiedad, la preocupación y la incertidumbre que en esos momentos convivían diariamente con nosotros.

    Desembarcamos al merecido descanso, todos los “cuatreros y cleptómanos” de nuestro propio buque, quienes en aquella noche desapacible habíamos perpetrado un “atraco”, por el cual podríamos aguantar un poco mas tranquilos los rigores durante la guerra.

    Este apretado relato de un pequeño trozo de nuestra historia, solo pretende mantener viva en la memoria de todos nosotros, el eterno espíritu de aventura que tenia en su interior, nuestro único protagonista el “Penélope”, por ello esta narración no tiene nombres propios. Solo el de su constructor, y sus dos nombres propios de su vida en el mar.

    Durante ese azaroso tiempo y aún después de aquellos días, este asombroso buque con mayúsculas, marinero como pocos, logró dominar en tantos otros momentos a nuestro mar en el Atlántico Sur, merito inseparable, seguramente de su constructor quién lo dotó y contagió de coraje, bravura y la valentía, que siempre demostró, tanto en la guerra como en la paz.








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    Pancho

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